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Salió la Revista de facultad!

La Revista de la Facultad de Arquitectura es una revista institucional editada por la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República, Montevideo, Uruguay.

El primer número se publicó en 1956 y el número 9 en 1986.

En 2010 se conforma una comisión encargada de evaluar una propuesta para la re-edición de la publicación, la que es presentada al Consejo de la Facultad quien constituye el Comité editorial para trabajar en el número 10 de la Revista. A partir de 2011 se trabaja en la elaboración de la misma y el 23 de agosto de 2012 se presenta en la Facultad, abriendo así un nuevo rumbo. La Revista está completamente traducida al inglés y se editará bi-anualmente.

El número 10 de la Revista re-conoce y re-presenta a la arquitectura y sus múltiples dimensiones disciplinares, antes que todo como una expresión de la cultura; llenando un vacío de publicaciones especializadas en la materia.

Plantea un panorama novedoso a partir de la multiplicación de sus ofertas de grado que ramifican la
tradicional enseñanza de la arquitectura hacia varias disciplinas del diseño. El propio soporte de la Revista expresión de esta condición, ha sido cuidadosamente diseñado, al igual que la mayor parte de las fotografías producidas especialmente para la Revista.

La Revista se tematiza en este número, haciendo un foco parcial a interpelar y presentar versiones de lo público (Público?) y su expresión espacial.


EDITORIAL / Martín Cobas, Comité editorial

PÚBLICO? asume una leve provocación. PÚBLICO? pudo ser ¿Espacio público? o, incluso, El espacio público, afirmando que lo público (y aquí, desde, por ejemplo, la res publica de Cicerón), primariamente, se negocia en el espacio. Sin embargo, la deconstrucción de la frase abre un territorio más ambiguo; así, lo público no aparece con la constricción del espacio y su forma implicada sino que se infiltra en un campo mucho mayor, un campo público, en el que el espacio-forma no es más que la escena primaria de lo público. No obstante, la dimensión espacial es ineludible. Lo público se hace materia de arquitectura y diseño en el espacio y en su orden estético; pero solo interesarán las formas de lo público en tanto máquinas de performance. No interesará aquí, por tanto, cómo es la forma sino lo que la forma puede hacer.

Lo público adquiere su momentum en la vida urbana moderna con el deambular del flâneur benjaminiano que, en sus “pasajes”, se despliega entre la noche pública de la invención cinematográfica y el silencio público del diagnóstico psicoanalítico. Las dos grandes máquinas públicas modernas amplían el campo de lo público en el preciso punto de su arbitrio con lo privado. Este instante, codificado en el unheimlich freudiano, sentimiento de lo extraño y siniestro, intenta redimir la ansiedad del sujeto moderno, cuya vida urbana se convierte en parte inextricable del ser privado y extensión del problema de la casa y del hogar; ese unheimlich proviene precisamente de su proximidad, de su potencial (e inquietante) co-presencia.

La voluptuosidad informe del flâneur (más próxima a las arquitecturas experimentales de los años 60) da paso, con la teoría moderna del espacio público (notablemente en Hilberseimer), a las constricciones del orden espacial moderno y sus descendientes, en las que la forma opera como sinécdoque de lo público (recuérdese, por ejemplo, el análisis de Rowe y Koetter en Ciudad Collage). El flâneur se re-codifica en un modelo cartesiano como régimen espacial tout court que será objeto de crítica por la geografía urbana de Henri Lefebvre en los años 70, y marco de un sinnúmero de ensayos sobre lo público dominados por la cuestión de la forma del espacio y las posibilidades que de él emergen. Por citar algunos ejemplos: la función oblicua de Virilio, el evento-folie deconstructivista, e incluso la espacialización del pliegue deleuziano y otros avatares del discurso posestructuralista. Aquí, explícitamente, la forma del espacio ataca la dicotomía ontológica de lo público-privado (entre tantas otras) y abre un diagrama de multiplicidades coexistentes que, incapaces de reconocer diferencia sin continuidad, imprimen el desafío de su i-representabilidad (¿entonces irrealidad?). Aquí, el dominio del campo público se torna radicalmente ambiguo.

En el preciso instante en que la forma de lo público parece replicar el deambular del flâneur, nuevamente es el sujeto y la condición del espacio que lo contiene (antes que el espacio-forma) lo que adquiere relevancia. Entre las muchas cosas que el 9/11 y sus descendientes directos trasvasaron al pulso contemporáneo está el estatus y la valencia de lo público vis-à-vis la condición del sujeto bajo sospecha, cuando es en realidad lo público, antes que el sujeto, lo que está bajo sospecha. Serán ahora las tecnologías de la comunicación las que escudriñarán, con precisión cartográfica, lo real-irrepresentable, desplazando el problema de lo público del espacio real al representacional. Aquí, otra vez, el campo de lo público se amplía de modo radical, en un efecto análogo al de la bomba: como un gigante escasamente consistente pero innegablemente eficaz. Ya no está tanto en discusión su forma como su capacidad de negociación cuantitativa y cualitativa; en suma, su capacidad de hacer máquina pública.

Hoy, la ampliación del campo público se negocia en territorios divergentes: por un lado, en una creciente virtualidad; por otro, con lo animal y la materia de la Tierra. El sujeto público deambula entre el escenario virtual e intangible del sujeto político (¿bajo sospecha?) y la más recóndita economía olfativa del animal-sujeto biológico (¿el diletante flâneur?). ¿Es entonces el sujeto poshumanista, también biopolítico, el sujeto de este campo público heterogéneo? En todo caso, es este sujeto quien ensaya un nuevo orden eco-lógico, y es a partir de él que el campo de lo público se expande. Antes que una versión estetizada y pastoral de la civilización moderna (¿utopía?), lo público es una máquina cuyos sucesivos despliegues y repliegues no son sino estrategias para redimir la paradoja del sujeto público, su unheimlich; precisamente esa es la función del campo público. Y es, entre otras, una función estética.